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“No tengas miedo, estoy contigo”

Reflexión sobre Marcos 6, 45-52

El Evangelio de hoy nos presenta una de las escenas más impactantes de la vida de Jesús: camina sobre las aguas para acercarse a sus discípulos, que luchan contra el viento y las olas. No es solo un relato de un milagro extraordinario, sino una profunda enseñanza sobre la fe, la presencia de Dios y nuestra vida cotidiana.

 

Después de la multiplicación de los panes, Jesús envía a sus discípulos a la otra orilla y Él se retira a orar. Mientras tanto, ellos se encuentran en medio de la noche, remando contra un viento contrario. Esta imagen es muy real para nosotros: cuántas veces sentimos que remamos contra la corriente, que las fuerzas no alcanzan, que la oscuridad y el cansancio nos rodean.

 

En ese momento de dificultad, Jesús se acerca caminando sobre el mar. El mar, en la mentalidad bíblica, representa el caos, el peligro, lo incontrolable. Jesús, al caminar sobre él, nos muestra que nada está fuera de su poder. Sin embargo, los discípulos no lo reconocen y se llenan de miedo. El Señor entonces les dice: “Ánimo, soy yo, no tengan miedo”.

 

Aquí está el corazón del mensaje: la presencia de Jesús disipa el temor. No siempre calmará de inmediato la tormenta, pero sí nos dará la certeza de que no estamos solos. El problema de los discípulos, dice el evangelista, es que “no habían entendido lo de los panes, porque su corazón estaba endurecido”. Es decir, no habían aprendido a confiar plenamente en Él.

1. Su presencia trae claridad

El miedo suele nacer de lo que no entendemos, de lo que no controlamos.
Cuando Jesús se hace presente, la confusión se ordena. No siempre vemos la solución, pero sí vemos quién está con nosotros.

2. Su presencia da seguridad

El miedo nos hace sentir solos, vulnerables, sin recursos.
La presencia de Jesús nos recuerda:
“No estás solo. Yo camino contigo.”
Y esa certeza cambia todo.

3. Su presencia transforma el corazón

El miedo endurece, encierra, paraliza.
Jesús, en cambio, ablanda el corazón, lo abre a la confianza, a la esperanza, a la paz.

4. Su presencia no elimina la tormenta, pero sí el pánico

En el Evangelio, el viento sigue soplando… pero los discípulos ya no están dominados por el terror.
Eso es lo que hace Jesús:
no siempre calma el mar, pero sí calma al que está en la barca.

5. Su presencia nos permite seguir remando

El miedo nos detiene.
La presencia de Jesús nos impulsa a seguir, incluso cuando el camino es difícil.

En pocas palabras:

La presencia de Jesús no siempre cambia las circunstancias, pero siempre cambia al corazón que lo recibe.
Y un corazón acompañado deja de vivir desde el miedo y empieza a vivir desde la confianza.

 

Hoy, el Señor también se acerca a nuestras barcas, a nuestras noches y tempestades. Nos invita a abrir el corazón, a reconocerlo incluso cuando se presenta de formas inesperadas, y a dejar que su palabra nos devuelva la paz.


Que esta semana podamos escuchar su voz en medio de nuestras luchas: “No tengas miedo, estoy contigo”. Y que, con esa certeza, sigamos remando, sabiendo que la orilla está más cerca de lo que pensamos.