Reflexión sobre Mateo 4,12-23.
“Jesús inicia su misión… y también nos invita a iniciar la nuestra.”
Cuando Jesús supo que Juan el Bautista había sido arrestado, decidió retirarse. No sabemos exactamente qué pensó en ese momento, pero sí podemos imaginar el peso humano y espiritual de esa noticia. Juan había preparado el camino, y ahora Jesús debía continuar solo. La distancia entre Judea y Galilea no era corta; fue un largo caminar, quizá lleno de silencio, oración y discernimiento.
Sin embargo, ese camino ya estaba anunciado por Isaías. Jesús llega a Cafarnaúm, tierra de frontera, lugar de mezcla, oscuridad y esperanza. Allí, justamente allí, comienza su ministerio. No en un templo, no en un palacio, sino en la vida cotidiana de la gente sencilla.
Los primeros que encuentra son Simón y Andrés. Ellos se convierten en sus primeros amigos y discípulos. Jesús, siendo Dios, tenía una misión inmensa, pero no quiso realizarla solo. Invitó a otros a caminar con Él, a aprender haciendo, a descubrir que el Reino se construye en comunidad.
Así como Jesús tuvo una misión, nosotros también la tenemos. Muchos de nosotros nos hemos alejado por miedo, inseguridad o cansancio. Pero este retiro nos recuerda que somos semillas de fe en nuestros círculos: familia, amigos, trabajo, e incluso entre desconocidos que Dios pone en nuestro camino.
Así como el Padre acompañó a Jesús, también nos acompaña a nosotros. Y Jesús mismo nos prometió estar con nosotros hasta el último día de nuestra vida. Por eso no tengamos miedo. Seamos valientes en el amor, en la lucha diaria y en la búsqueda de la paz.
Jesús, en su humanidad, también experimentó momentos de soledad. Nosotros también los sentimos. Pero no dejemos que ese sentimiento nos consuma. Confiemos en que la Santísima Trinidad nos rodea, nos sostiene y nos protege.
A Simón y Andrés les dijo: “Los haré pescadores de hombres.”
Hoy, esa palabra sigue viva. Nosotros seguimos invitando, seguimos sembrando, seguimos acompañando. No todos los que invitamos seguirán de inmediato; algunos necesitarán tiempo, silencio o distancia. Pero podemos ser esos amigos de Jesús que caminan con ellos, que oran por ellos y que los sostienen hasta que juntos lleguemos al banquete del Reino.