Reflexión - Mateo 5,1-12a.
Jesús se sienta en la montaña y enseña a la gente. No desde arriba, no desde lejos, sino desde la cercanía. Cuando Jesús se sienta, es como si dijera: “Estoy contigo. Estoy en tu vida. Camino tus caminos.” Él se une a nosotros y nos acompaña en cada fase de la existencia.
En este Evangelio, Jesús nos habla de las etapas de la vida que algunos nunca llegan a experimentar por completo, y que otros hemos vivido con intensidad:
- unos sufren mientras otros celebran,
- unos fracasan mientras otros triunfan,
- unos agonizan mientras otros gritan de alegría.
Así es la vida: un mosaico de contrastes.
Pero Jesús nos invita a no alejarnos de Dios en ninguna de esas etapas, sino a abrazar lo que Él nos da cada día. A intercambiar nuestras miserias por su gracia, nuestras cargas por su consuelo. Y cuando fallamos, lo esencial es arrepentirnos de corazón, porque Jesús conoce la verdad de nuestras intenciones.
Este pasaje me recuerda la vida de San Jerónimo. Nació en una familia cristiana y, gracias al apoyo de sus padres, recibió una excelente educación. Sin embargo, durante su juventud se dejó llevar por los placeres y distracciones del mundo. Era brillante, estudioso, lleno de talentos… pero sin verdadero interés en la fe.
Hasta que un día, toda esa energía que ponía en lo mundano la entregó a Dios. Bajo la guía del obispo Dámaso, comenzó a traducir homilías y libros de la Biblia al latín. Con el tiempo, San Jerónimo se convirtió en un puente que permitió que la Palabra llegara a millones con claridad y profundidad.
Dios tomó lo que él era… y lo transformó en misión.
San Jerónimo nunca habría vivido esa transformación si no se hubiera dado la oportunidad de aprender, de discernir la verdad y de dejar que Dios iluminara cada etapa de su vida. Todo lo que atravesó —sus búsquedas delicadas al traducir los libros sagrados, sus luchas contra los placeres, las envidias y las críticas, sus mudanzas forzadas, sus talentos y también sus fragilidades— terminó convirtiéndose en parte de su misión. Y todo eso fue posible porque se sostuvo en la oración, la penitencia y el ayuno, caminos que moldearon su corazón y lo hicieron dócil a la voluntad de Dios.
Y si somos sinceros, es muy probable que San Jerónimo también haya tenido preguntas para Dios en medio de sus luchas. Preguntas que nacen del cansancio, de la incertidumbre, del deseo de entender, preguntas que también llevamos dentro de nosotros.
Porque nosotros también nos preguntamos:
Cómo estar contentos cuando las cosas están difíciles. Cómo confiar cuando vemos a personas que amamos enfrentando enfermedad, dolor o injusticia.
Jesús responde con las Bienaventuranzas: “Dichosos los hijos de Dios, los que buscan la paz, los perseguidos por causa del Evangelio.”
La felicidad del Reino no depende de que todo vaya bien, sino de saber que Dios está con nosotros incluso cuando todo parece ir mal.
Seguir a Cristo trae incomodidades, sí.
Pero también trae una certeza: Él nunca nos deja solos.
En los momentos difíciles siempre aparece alguien que nos anima, que nos ayuda, que trae la solución que no esperábamos.
Y en ese gesto, en esa mano extendida, Jesús nos susurra: “Aquí estoy, como te prometí.”
Jesús confía en nosotros.
Nos entrega una misión y cree que, bajo su guía, no le vamos a fallar. Y mientras caminamos, se va revelando la generosidad del Señor: sus invitados se van reuniendo, la mesa se va preparando, y poco a poco descubrimos que el Reino ya está naciendo entre nosotros.
Las Bienaventuranzas no son solo palabras bonitas.
- Son el retrato de quienes se sientan a la mesa del Señor.
- Son el camino de los que, aun en medio de pruebas, siguen creyendo, amando y sembrando paz.