Reflexión inspirada en San Pablo y el Evangelio de Juan 4,5‑15. 19B‑26. 39A. 40‑42
San Pablo nos recuerda una verdad que sostiene toda nuestra fe: nacimos para Dios, vivimos para Dios y moriremos para Dios. Pero esta verdad se vuelve difícil cuando la vida no va como esperamos. Las pruebas, los cambios, las heridas y las decepciones nos muestran facetas duras de la existencia, y a veces llegamos a preguntarnos: “¿Para qué vivo? ¿Para quién trabajo? ¿Cuál es el sentido de todo esto?”
Esa frase tan conocida “Ya no sabemos para quién trabajamos” nace precisamente de la desconfianza que este mundo siembra en nosotros. Dudamos de todo y de todos. Dudamos incluso de nosotros mismos.
Pero esa confusión tiene un final. Ese final llega cuando volvemos a encontrarnos con el Señor. Cuando descubrimos que Él sí sabe quiénes somos, qué pensamos, qué sentimos y qué hacemos. Él conoce nuestra historia completa, incluso las partes que nosotros mismos no entendemos.
El encuentro que transforma
Este encuentro con Dios no siempre produce un cambio inmediato. A veces requiere tiempo, silencio, oración, humildad y obras de caridad. Necesitamos seguir conversando con Él hasta que la fe pase de la mente al corazón, y del corazón a la vida.
Cuando ese proceso empieza a dar fruto, nace algo nuevo: nuestro testimonio actualizado, vivo, creíble. Y entonces las personas a nuestro alrededor empiezan a cambiar, no por lo que decimos, sino por lo que Dios ha hecho en nosotros. Porque la gente también desea una vida buena, una vida plena, y esa vida solo viene por obra de Dios.
Brillar desde adentro
Por eso te animo hoy a dejar que tu fe brille:
Así como la samaritana en el pozo, cuando dejamos que Jesús toque nuestra verdad, Él nos convierte en testigos que llevan a otros hacia la fuente de agua viva.