Reflexión sobre Juan 9, 1-41
Muchas personas, en los momentos más difíciles de la vida, se hacen esta pregunta:
“¿En qué he pecado para merecer este castigo?”
Esta frase nos recuerda aquel momento en que los discípulos le preguntan a Jesús quién había pecado para que un hombre naciera ciego. Y, al igual que ellos, nosotros también hemos formulado esa pregunta en tiempos de angustia, enfermedad, pérdida, persecución o confusión.
A veces no encontramos respuestas. Pero Jesús sí nos ofrece una: Dios puede manifestarse incluso en aquello que no entendemos.
Dios se revela en nuestra historia cotidiana
Jesús nos invita a obrar mientras tengamos vida y oportunidad. Servir a la comunidad, asistir a la iglesia, escuchar al necesitado, acompañar al que sufre… todo eso es luz que compartimos.
Sin embargo, siempre habrá críticas: buenas y malas. Jesús también fue criticado por sanar el sábado. Nunca habrá un “buen momento” para todos, porque cada persona carga sus tradiciones, opiniones y temores. Y aun así, Jesús siguió haciendo el bien.
Cuando buscamos explicaciones, perdemos de vista el milagro
A veces insistimos tanto en entender cómo ocurrió un milagro, que terminamos sembrando dudas en nosotros mismos y en otros. Incluso podemos llegar a desconfiar de que Dios siga obrando hoy. Pero los milagros no tienen horario. Pueden suceder en cualquier momento, en cualquier lugar, a cualquier persona.
La piscina de Siloé, construida para purificarse antes de entrar al templo, se convirtió en el lugar donde Jesús devolvió la vista al ciego. Y aun así, muchos quedaron confundidos por lo que había sucedido.
Jesús sigue invitando, aunque no lo reconozcamos
Las obras de Jesús muchas veces pasan desapercibidas, pero Él sigue llamándonos por amor. Nos invita a confiar, a discernir, a seguir luchando con fe, acción y oración.
Incluso cuando nos rechacen: de la vida de alguien, de la comunidad, de la iglesia o de la propia familia.
Dios no abandona. Dios acompaña. Dios reúne a quienes comparten la misma misión.
Dejar que Jesús limpie nuestra mirada
Sabemos que cargamos ignorancias, heridas y dudas.
Por eso necesitamos permitir que Jesús nos limpie los ojos cada día, para ver como Él ve, para reconocer su obra, para no perder la esperanza.
Esta reflexión me hizo recordar el canto “Lavaré mis ojos” de Flor y Canto, un canto que expresa el deseo profundo de que Dios purifique nuestra mirada para reconocer su luz en medio de la vida.
Conclusión
El Evangelio de Juan 9 nos recuerda que Dios actúa incluso cuando no comprendemos. Nos invita a confiar, a caminar en la luz, a servir con amor y a dejar que Él transforme nuestra mirada.
Donde Dios guía, nosotros actuamos.
Y juntos construimos comunidades que viven la misma misión: creer, servir y amar.