Reflexión sobre Mateo 5,13‑16
La mejor forma de empezar es con el primer día de la semana. Todo lo bueno tiene un inicio, y hoy podemos elegir ese inicio. Hoy podemos abrir la Palabra y encontrar una cita que nos fortalezca. Hoy podemos ofrecer una palabra de ánimo a alguien que lo necesita. Hoy podemos comenzar un buen libro, iniciar una rutina de limpieza o simplemente tomar un momento para decir: “Gracias, Señor, por una semana más.”
Y aunque no necesitamos un lunes para un nuevo comienzo, hoy podemos elegir que este sea un día de renovación, un día para iniciar cosas nuevas, para mejorar como personas y para crecer en aquello que Dios ha puesto en nuestro corazón.
Mientras comenzamos, recordemos algo esencial: desde el bautismo, Dios encendió en nosotros una luz que no se apaga. Esa luz nos acompaña siempre, incluso cuando sentimos que la fe se debilita o que perdemos el sentido del camino. Es precisamente en esos momentos de fragilidad cuando más necesitamos recordar quiénes somos.
Somos parte de la creación de Dios. Cuando dejamos de ser nosotros mismos —cuando renunciamos a nuestra verdad, a nuestra misión, a nuestra identidad en Él— nuestra naturaleza pierde su función. Por eso Jesús nos invita a ser sal de la tierra y luz del mundo:
Ser luz del mundo significa ser ejemplo, acompañar, aconsejar cuando alguien lo necesita. Jesús nos dice: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas.” San Juan 8:12.
Ahora podemos pensar de unos ejemplos: si miramos alrededor, descubrimos cuántas personas han iluminado el mundo: un jugador que inspira a su comunidad, un artista que toca corazones, o figuras como Santa Teresa de Calcuta, cuya obra habló por sí misma al servir a los más necesitados; o San Francisco de Asís, que enseñó una forma nueva de vivir centrada en Cristo y no en lo material.
Así como ellos iluminaron, también nosotros estamos llamados a iluminar, porque todos estamos invitados a la santidad.
Ahora pensemos en nuestras responsabilidades como luz del mundo. Si no las recordamos, podemos preguntarle a nuestra esposa, a un hermano, a un amigo: ¿qué luz ven en mí?
Y la sal… no sólo da sabor. La sal cura, preserva, sana. En tiempos antiguos era tan valiosa que se intercambiaba como moneda; líderes lucharon por preservarla. Gandhi mismo organizó en 1930 la famosa Marcha de la Sal, porque muchos pueblos dependían de ella. Su valor era inmenso.
Llevemos esto al matrimonio: ¿será que cuando una pareja se separa es porque perdió su sabor, su valor, su amor? ¿O será que aún no ha descubierto la verdadera sazón del amor?
El verdadero amor condimenta el plan de Dios.
Y para vivirlo, necesitamos unirnos a Cristo: amar como Cristo, actuar como Cristo, vivir como Cristo.
Somos admirados cuando damos lo mejor de nosotros.
Somos amados cuando damos lo mejor incluyendo nuestras miserias, porque Dios no busca perfección, sino autenticidad.
Así que hoy, en este nuevo comienzo, te invito a encender tu luz y a dar tu sabor:
Al escribir esta reflexión, recordé el canto de Santiago Fernández: “Somos la sal de la tierra.” Qué hermoso recordatorio de nuestra misión.
Que esta semana sea un buen comienzo para todos, sin dejar de ser la luz que ilumina y la sal que da vida.